En el último año se ha generado un gran expectativa con respecto al uso medicinal de los cannabinoides (derivados de la marihuana, cannabis), especialmente como antiepiléptico a raíz de un caso de éxito en México.

Pero, ¿que sabemos en realidad del mecanismo de acción, eficacia y seguridad de ellos, especialmente en la etapa pediátrica?

Comencemos identificando la problemática en el tratamiento de la epilepsia, los estudios realizados hasta  ahora siguen demostrando que a pesar de los avances en los nuevos fármacos antiepilépticos (AE) la proporción de pacientes con epilepsia resistente se mantiene en el 30% de los casos.  Todos causan efectos colaterales y afectan la calidad de vida, de forma que lo que se requiere en la actualidad de los AE es mayor eficacia con un perfil de seguridad que supere el de los existentes.

Existe evidencia de que la cannabis se utilizo como AE desde 1800 a.c. en Sumeria y por los neurólogos de la era Victoriana, reduciéndose su uso a partir del fenobarbital y de la fenitoina y de la inclusión de la cannabis dentro de las drogas ilegales.

Existen alrededor de 545 cannabinoides y en los 90´s se descubrió el sistema cannabinoide endógeno, es decir, que nuestro cuerpo cuenta con receptores específicos para este compuesto y de hecho tenemos 2 cannabinoides endógenos: el 2- araquidonilglicerol (2-AG) y la Anandamida.

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Lo interesante de ello es que en estudios realizados en muestras de tejido de pacientes con epilepsia se ha encontrado una disminución en el funcionamiento de este sistema lo que señala que su disfunción (¿aumento/disminución?) está implicada en el desarrollo de focos epilépticos o bien en su control.

De los derivados del cannabis, el cannabidiol (no psicoactivo, por tanto no adictivo)  tiene efectos antiepilépticos y debe ser separado del tetrahidrocanabinol el agente adictivo y causal de los efectos deletéreos de la marihuana, para lo que se requiere un procedimiento especializado.

La eficacia reportada hasta ahora es de una reducción del 50% de las crisis en aproximadamente el 30% de los pacientes tratados (porcentaje similar o menor al de otros AE), sin  que se modifique la actividad en el electroencefalograma y los resultados varían dependiendo la vía de administración, dosis y tipo de cannabinoide. Cabe mencionar que la mayoría de los estudios son reportes anecdóticos de uso compasivo del medicamento con un solo estudio con 137 pacientes en los que la dosis fue variable.

Lo anterior fue con respecto a la eficacia, ahora ¿Cuál es la seguridad o efectos colaterales relacionados a su uso?

A corto plazo se han identificado alteraciones de la memoria, del juicio y del desempeño motor. A largo plazo riesgo de adicciones, déficit cognitivo, disminución de la motivación y aumento en los trastornos psicóticos (depresión, ansiedad, esquizofrenia, bipolaridad) con un alto riesgo de afecciones irreversibles en el sistema cannabinoide natural en niños que podría traducirse en trastornos cognitivos.

Es decir la balanza entre riesgo/beneficio aun no está establecida del todo.

Los efectos adversos reportados incluyen: Nausea, debilidad, cambios de humor, psicosis, alucinaciones, ideación suicida, mareo, fatiga un estudio en niños con epilepsia con dosis de 1500mg se reporto somnolencia, diarrea, falta de apetito y fatiga siendo menos frecuente: incremento de crisis, pérdida de peso, diarrea, neumonía, transaminasemia (inflamación hepática).

En base a lo anterior podemos concluir:

  • Estudios preclínicos y clínicos preliminares sugieren que los cannabinoides son efectivos en algunos pacientes con epilepsia.
  • Disminuir la regulación facilitaría los estudios de investigación.
  • Solamente un estudio aleatorizado doble ciego placebo controlado con preparaciones consistentes podrá definir la eficacia y seguridad permitiéndole así a los neurólogos/neuropediatras una prescripción segura y basada en evidencia de cannabinoides en pacientes con epilepsia.

DRA NANCY BARRERA CARMONA

NEUROPEDIATRA

BIBLIOGRAFIA

N Engl J Med 2015;373:1048-58. Epilepsia 2015; 56: 7-8. JAMA Pediatr 2013; 167:630-3. Epilepsia 2015; 56: 1-6.